lunes, 24 de enero de 2011
La hora de la verdad
Parece que ha llegado el momento. La hora de dejar de lado la pereza y la vagancia en ocasiones desmesuradas que me caracterizan y ponerme a darle a la tecla. Y ello a pesar de que probablemente no me vaya a leer nadie, ni siquiera los dos incondicionales que se declaran fans de mi blog. Aunque eso no es problema; probar se prueba aunque no haya nadie que pueda ver los resultados. No obstante, me surge la duda: ¿escribiría lo mismo si una legión de seguidores aguardara impaciente mis reflexiones? ¿me esforzaría más, sería más profesional? ¿para quién escribe uno, para sí, o para los demás?
martes, 23 de marzo de 2010
La crisis de los 40
¡Bum, bum, bum!
Los estruendosos golpes hacen vibrar la puerta de la casa de Sara.
¡Bum, bum, bum, bum, bum!
-¡Sara, ábreme la puerta, soy Luis!
¡Bum, bum, bum!
-¡Para! ¡Ya sé que eres tú, y precisamente por eso no pienso abrirte!
-¡Sara, tienes que escucharme! ¡Solo escucharme! Hazlo por mí, como hermano tuyo que soy…
-Sabes que no me harás cambar de opinión, así que date la vuelta y finge que no sabes nada…
-Sara, ábreme, o todos los vecinos se van a enterar de lo que has hecho…
Sara abre la puerta violentamente y asoma la cabeza con una expresión furiosa.
-Pasa, pero te repito que nada de lo que puedas decir o hacer me hará cambiar de opinión. Mi decisión ya está tomada. La tomé hace mucho tiempo.
Luis pasa al hall de la casa cerrando bruscamente la puerta tras de sí. Como una exhalación, se dirige al salón. Empieza a levantar los cojines del sofá, que lanza contra la pared, a mirar en los armarios, bajo las mesas y mesillas…
-¿De verdad crees que soy tan tonta como para haberlo guardado aquí?
-No lo sé, dímelo tú. ¿Cómo de tonta se puede llegar a ser para robar tu propio invento? Lo habíamos hablado, Sara. Lo habíamos hablado y lo habíamos jurado. Los tres estábamos de acuerdo. Nunca lo utilizaríamos, es demasiado peligroso. Es imprevisible. Va en contra de la naturaleza.
-¿Sabe ya Carlos que las probetas no están en el laboratorio?
-No, no lo sabe aún. Pero, ¿cuánto tiempo crees que tardará en enterarse? Llevamos más de 15 años trabajando en esto, Sara. Y contra todo pronóstico y mucho más allá de la imaginación más salvaje lo hemos conseguido. Pero sabes que no podemos utilizarlo, Sara. Sabes que las consecuencias pueden ser terribles.
-Efectivamente, Luis. Llevamos trabajando más de 15 años en esto. Y ahora que lo conseguimos, ¿vamos a tirar todos estos años de esfuerzos por la borda? ¿Todo este trabajo ha sido en balde? Y no solo es el esfuerzo. Son los sueños. Hemos soñado con esto cada segundo de nuestra vida y ahora que lo tenemos, ¿vamos a desaprovecharlo? Podemos ser más grandes que la naturaleza, podemos situarnos por encima del mismo Dios, y mirar al mundo desde las alturas.
-Detente, reflexiona. Hemos dado con la fórmula que evita el envejecimiento. ¡Hemos hallado el elixir de la eterna juventud! Si bebes ese líquido, no morirás nunca. ¿Te das cuenta de lo que significa eso? Toda la gente que quieres morirá ante tus ojos, mientras tú te mantienes joven a través de los años. Tendrías que mudarte, cambiar de vida cada pocos años para que nadie descubriera tu secreto, estarías condenada a estar perpetuamente sola. Las ramificaciones de un acto como este son inimaginables. Todo lo que yo pueda decirte ahora sería solo la punta del iceberg de lo que podrías desencadenar. ¡Estarías condenada a la eternidad, y estarías eternamente sola!
-No estaré sola. La gente nace, crece y se reproduce. Siempre habrá alguien con quien poder compartir el tiempo. Es una oportunidad para conocer a millones de personas interesantes, inteligentes, con algo que decir. ¿Te imaginas cuánto conocimiento acabaré poseyendo con el tiempo? Podré ser todo lo que desee, hacer con mi vida lo que me venga en gana. Ningún sueño es inexpugnable si se cuenta con un tiempo ilimitado. Además, cambiaré de vida cada cierto tiempo, así que no me voy a aburrir. Adiós ataduras, adiós monotonía, adiós al miedo a no llegar a ver realizados mis deseos. ¡Todas mis ambiciones se satisfarán más tarde o más temprano!
-Pero nunca sabrás lo que es vivir. No conocerás las transformaciones de la edad, no comprenderás qué significa tener una familia que te apoye durante toda tu vida, no conocerás el amor eterno.
-Luis, tengo ya 40 años, y puedo afirmar casi con total certeza que, a partir de ahora, todos los cambios en mi vida serán a peor. Antes era hermosa, vigorosa, flexible, impulsiva, ágil. Ahora solo soy un rostro surcado de arrugas y un cuerpo que apenas alcanza a atarse los cordones de los zapatos sin que le crujan los huesos. Ahora tengo la oportunidad de volver a ser joven y, además, contar con la experiencia que te aportan los años.
-Entonces no serás joven; serás una vieja atrapada en el cuerpo de una joven. ¿De verás querrás escuchar las conversaciones insustanciales de unos veinteañeros cuando hayas visto lo que se puede ver en 100 vidas? ¿Llegarás acaso a comprender sus inquietudes, sus miedos, podrás identificarte con ellos?
-Si, claro que sí. Siempre querré seguir aprendiendo, sorprendiéndome con las maravillas que ofrece el mundo. Y lo haré sin temor a la enfermedad, a los accidentes, sin miedo a la muerte.
-La muerte es lo único que define a la vida. Sin límites, no existen los objetos. Sin la muerte, la vida sería una masa informe, descarriada, sin sentido y sin objetivos. Uno no podría apreciar la belleza de los momentos, ni el dolor del sufrimiento, ni los nervios de la espera. La muerte da forma a la vida, da pie a que ésta pueda existir. Si no mueres, es porque no has existido, y si bebes de ese frasco, nunca sabrás qué ha sido vivir.
-Dicen que la ignorancia es el estado de mayor felicidad.
-Eso es algo que tampoco tú llegarás a saber, Sara. Te convertirás en un monstruo.
-Nada de lo que digas me importa ya, Luis. La suerte está echada.
-Te denunciaré, Sara. Si bebes, te denunciaré. Todos sabrán tu secreto, y no podrás vivir en paz como deseas. Te encerrarán en un laboratorio para hacerte pruebas y estudiarte y serás una cobaya humana hasta el fin de los tiempos. ¿Es eso lo que quieres?
-Sabía que buscarías algún modo de persuadirme, y por eso yo también he preparado mis métodos para salirme con la mía.
Al tiempo que pronuncia estas palabras, Sara saca una pistola del cajón de la mesa.
-Adiós, Luis. Desde hoy, los dos dejaremos de saber lo que es vivir.
Los estruendosos golpes hacen vibrar la puerta de la casa de Sara.
¡Bum, bum, bum, bum, bum!
-¡Sara, ábreme la puerta, soy Luis!
¡Bum, bum, bum!
-¡Para! ¡Ya sé que eres tú, y precisamente por eso no pienso abrirte!
-¡Sara, tienes que escucharme! ¡Solo escucharme! Hazlo por mí, como hermano tuyo que soy…
-Sabes que no me harás cambar de opinión, así que date la vuelta y finge que no sabes nada…
-Sara, ábreme, o todos los vecinos se van a enterar de lo que has hecho…
Sara abre la puerta violentamente y asoma la cabeza con una expresión furiosa.
-Pasa, pero te repito que nada de lo que puedas decir o hacer me hará cambiar de opinión. Mi decisión ya está tomada. La tomé hace mucho tiempo.
Luis pasa al hall de la casa cerrando bruscamente la puerta tras de sí. Como una exhalación, se dirige al salón. Empieza a levantar los cojines del sofá, que lanza contra la pared, a mirar en los armarios, bajo las mesas y mesillas…
-¿De verdad crees que soy tan tonta como para haberlo guardado aquí?
-No lo sé, dímelo tú. ¿Cómo de tonta se puede llegar a ser para robar tu propio invento? Lo habíamos hablado, Sara. Lo habíamos hablado y lo habíamos jurado. Los tres estábamos de acuerdo. Nunca lo utilizaríamos, es demasiado peligroso. Es imprevisible. Va en contra de la naturaleza.
-¿Sabe ya Carlos que las probetas no están en el laboratorio?
-No, no lo sabe aún. Pero, ¿cuánto tiempo crees que tardará en enterarse? Llevamos más de 15 años trabajando en esto, Sara. Y contra todo pronóstico y mucho más allá de la imaginación más salvaje lo hemos conseguido. Pero sabes que no podemos utilizarlo, Sara. Sabes que las consecuencias pueden ser terribles.
-Efectivamente, Luis. Llevamos trabajando más de 15 años en esto. Y ahora que lo conseguimos, ¿vamos a tirar todos estos años de esfuerzos por la borda? ¿Todo este trabajo ha sido en balde? Y no solo es el esfuerzo. Son los sueños. Hemos soñado con esto cada segundo de nuestra vida y ahora que lo tenemos, ¿vamos a desaprovecharlo? Podemos ser más grandes que la naturaleza, podemos situarnos por encima del mismo Dios, y mirar al mundo desde las alturas.
-Detente, reflexiona. Hemos dado con la fórmula que evita el envejecimiento. ¡Hemos hallado el elixir de la eterna juventud! Si bebes ese líquido, no morirás nunca. ¿Te das cuenta de lo que significa eso? Toda la gente que quieres morirá ante tus ojos, mientras tú te mantienes joven a través de los años. Tendrías que mudarte, cambiar de vida cada pocos años para que nadie descubriera tu secreto, estarías condenada a estar perpetuamente sola. Las ramificaciones de un acto como este son inimaginables. Todo lo que yo pueda decirte ahora sería solo la punta del iceberg de lo que podrías desencadenar. ¡Estarías condenada a la eternidad, y estarías eternamente sola!
-No estaré sola. La gente nace, crece y se reproduce. Siempre habrá alguien con quien poder compartir el tiempo. Es una oportunidad para conocer a millones de personas interesantes, inteligentes, con algo que decir. ¿Te imaginas cuánto conocimiento acabaré poseyendo con el tiempo? Podré ser todo lo que desee, hacer con mi vida lo que me venga en gana. Ningún sueño es inexpugnable si se cuenta con un tiempo ilimitado. Además, cambiaré de vida cada cierto tiempo, así que no me voy a aburrir. Adiós ataduras, adiós monotonía, adiós al miedo a no llegar a ver realizados mis deseos. ¡Todas mis ambiciones se satisfarán más tarde o más temprano!
-Pero nunca sabrás lo que es vivir. No conocerás las transformaciones de la edad, no comprenderás qué significa tener una familia que te apoye durante toda tu vida, no conocerás el amor eterno.
-Luis, tengo ya 40 años, y puedo afirmar casi con total certeza que, a partir de ahora, todos los cambios en mi vida serán a peor. Antes era hermosa, vigorosa, flexible, impulsiva, ágil. Ahora solo soy un rostro surcado de arrugas y un cuerpo que apenas alcanza a atarse los cordones de los zapatos sin que le crujan los huesos. Ahora tengo la oportunidad de volver a ser joven y, además, contar con la experiencia que te aportan los años.
-Entonces no serás joven; serás una vieja atrapada en el cuerpo de una joven. ¿De verás querrás escuchar las conversaciones insustanciales de unos veinteañeros cuando hayas visto lo que se puede ver en 100 vidas? ¿Llegarás acaso a comprender sus inquietudes, sus miedos, podrás identificarte con ellos?
-Si, claro que sí. Siempre querré seguir aprendiendo, sorprendiéndome con las maravillas que ofrece el mundo. Y lo haré sin temor a la enfermedad, a los accidentes, sin miedo a la muerte.
-La muerte es lo único que define a la vida. Sin límites, no existen los objetos. Sin la muerte, la vida sería una masa informe, descarriada, sin sentido y sin objetivos. Uno no podría apreciar la belleza de los momentos, ni el dolor del sufrimiento, ni los nervios de la espera. La muerte da forma a la vida, da pie a que ésta pueda existir. Si no mueres, es porque no has existido, y si bebes de ese frasco, nunca sabrás qué ha sido vivir.
-Dicen que la ignorancia es el estado de mayor felicidad.
-Eso es algo que tampoco tú llegarás a saber, Sara. Te convertirás en un monstruo.
-Nada de lo que digas me importa ya, Luis. La suerte está echada.
-Te denunciaré, Sara. Si bebes, te denunciaré. Todos sabrán tu secreto, y no podrás vivir en paz como deseas. Te encerrarán en un laboratorio para hacerte pruebas y estudiarte y serás una cobaya humana hasta el fin de los tiempos. ¿Es eso lo que quieres?
-Sabía que buscarías algún modo de persuadirme, y por eso yo también he preparado mis métodos para salirme con la mía.
Al tiempo que pronuncia estas palabras, Sara saca una pistola del cajón de la mesa.
-Adiós, Luis. Desde hoy, los dos dejaremos de saber lo que es vivir.
lunes, 7 de septiembre de 2009
La última cena
La cena había sido todo un éxito. Relativo. Clara y yo habíamos invitado a nuestros nuevos vecinos como parte de nuestro proyecto de transición a un nuevo estadio existencial, que incluía una casa en las afueras, trabajo estable, planes de familia y nuevas relaciones adaptadas a las circunstancias. Llevaba tiempo convenciéndome de la necesidad de madurar, de saltar a una nueva fase vital con nuevas aspiraciones y diferentes opiniones, aunque todavía no había llegado a creérmelo tanto como se lo hacía creer a los demás. Postre contundente, un café y un poco de charla insustancial, y para poco después de la medianoche el complicado trance de romper el hielo con los Álvarez de Buruaga había sido superado, aunque no sin dejarme un terrible dolor de estómago. La sensación de haber sucumbido a las imposiciones sociales me dolía incluso físicamente, pero no encontraba una manera fácil de volverme atrás, sobre todo ahora que estaba con Clara, a la que no quería decepcionar, pues se había convertido en todo mi mundo. Tras recoger los platos, Clara subió a la habitación. Yo me quedé un rato sentado en el sofá del salón apurando el último pitillo antes de ir a la cama. Recién casado, en una gran casa a las afueras, con jardín, garaje, piscina y aire acondicionado. Quién me lo hubiera dicho hace unos años. Pero las situaciones cambian, las personas cambian, y no tienen que haber necesariamente algo malo en ello. Hay que saber adaptarse a lo que la vida nos va ofreciendo. Tan sumido estaba en estos pensamientos de autoayuda, que un repentino golpe seco en la cocina me hizo prácticamente saltar de mi asiento. Me levanté a echar un vistazo, aunque bien sabía que nadie podría entrar en casa sin hacer saltar la alarma. Sin embargo, cuando me encontraba en el pasillo un ruido aún mayor me hizo dudar de esta última asunción. Parecía como si alguien estuviera abriendo los armarios y golpeando las sartenes con un martillo. Decidí que más vale prevenir que curar, así que agarré el paraguas más grande que había en el perchero y, con él a modo de porra, me aposté ante la puerta de la cocina. El estado de nerviosismo con el que me había presentado bajo el marco de entrada se convirtió en pavor cuando vi que mis temores estaban más que fundados. Con la cabeza bajo el fregadero, había un hombre vestido con un chándal, y junto a él una caja de herramientas. Agarré el paraguas por la parte inferior y con la empuñadura la emprendí a golpes en el lomo del asaltante nocturno. El delincuente no pareció sufrir los palos que le arreé, y parsimoniosamente salió del cubículo para situarse de pie frente a mí.
Ante mis propias narices y para mi mayor sobresalto se encontraba Manuel, vecino mío en mis tiempos de soltero en el centro de Madrid. Y lo peor no era que un ex vecino mío apareciera un domingo pasada la medianoche en la cocina de mi casa… ¡lo peor es que Manuel había muerto hace dos años!
-¿Manuel?
-¿Jorge? ¡Hombre! ¿Cómo tú por aquí? ¡No pensaba que acabarías en una de estas casas acomodadas de las afueras! ¡Con lo que tú eras! ¿Qué ha sido de tu vida?
-Creo que más bien esa pregunta me correspondería hacerla a mí, ¿no te parece? ¿Qué estás haciendo aquí, con la cabeza debajo de mi fregadero? Pensé que habías muerto en un accidente hace dos años.
-Así es, pero en fin, ya sabes, uno tiene que adaptarse a los nuevos tiempos, este es mi nuevo trabajo…
-¿Adaptarse? ¿Tu nuevo trabajo? Pero estás muerto….
-Si, bueno, pero eso no significa que me mantengan el sueldo y que no tenga que ganarme mi dinerillo, uno tiene que mantener a la familia…
-¿Cómo? ¿Tú familia también ha muerto?
-¡Oh, no! ¡No, no, no! Me refiero a mi nueva familia, ya sabes, los del más allá…
Son mi nueva familia aunque ya están bastante maduros… Podridos, diría yo, ¡Ja ja ja!
-O sea, que tienes una nueva familia y un nuevo empleo en el otro mundo…
-Ya te digo que uno no puede quedarse estancado, hay que adaptarse y progresar…
-Pero antes eras médico y tenías una familia estupenda, y ahora te apareces a hurtadillas en las casas ajenas para meter la cabeza debajo del fregadero…
-Bueno, en mi estado la medicina no tiene demasiadas salidas, así que me tuve que buscar otra ocupación para salir adelante…
-¿Así que ahora te ganas la muerte en plan aparición fantasmagórica?
-Verás, tengo un acuerdo con una empresa de fontanería. Yo entro por las noches en las casas sin que nadie me vea, hago algún destrozo en la instalación y dejo una tarjeta de visita de la empresa en algún lugar donde sea fácil de encontrar. La gente llama a la empresa y yo me llevo una comisión. ¡Ah! Lo que me recuerda que acabo de cortarte el suministro de agua caliente… Pero no te preocupes: aquí tienes una tarjeta. Yo me encargo de que te hagan un descuento…
-Muy amable… creo… “Fontanerías La Parca. Hacemos un trabajo de muerte”. Muy ingenioso, si señor… En fin, cambiando de tema, ¿cómo es tu nueva mujer?
-Una maravilla, estoy encantado con ella. Nada que ver con la antigua. Esta es amable, cariñosa, y tiene una enorme alegría de morir… De hecho, estando en vida se suicidó. El mundanal ruido no estaba hecho para ella, demasiadas complicaciones y ataduras. Aquí ha encontrado el descanso y la paz que buscaba, y además recibe una paga extra del gobierno, por contribuir activa y voluntariamente al crecimiento demográfico… Y el dinero nos viene muy bien para mantener a la prole, la verdad…
-¿O sea, que también tenéis niños?
-No, niños no… Los niños están muy solicitados por allí, ¿sabes? Uno tiene que apuntarse en una lista de espera y los pequeños que van llegando se reparten por orden… Unos conocidos míos llevan esperando más de 300 años, así que por el momento habrá que echarle paciencia. Lo que si que abunda son los viejecitos, así que uno puede apadrinar a cuantos quiera. Yo, sin ir más lejos tengo cinco, a cada cual más mono…
En medio de la más insólita de las conversaciones, unos extraños ruidos se sintieron en la escalera, poniendo mi piel como la de un pollo con sarampión.
-¿No habrá venido alguien a hacerte la competencia, verdad? -dije.
-No creo, nos repartimos las casas con antelación, tampoco queremos abusar…
Me coloqué a un lado de la puerta con el paraguas alzado dispuesto a atacar al recién aparecido intruso, cuando vi un delicado pie atravesar el umbral.
-¿Clara? ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas dormida…
-¿Qué haces tú amenazándome con un paraguas? ¿Y quién es este señor?
-¿Te acuerdas de Manuel, mi antiguo vecino, el médico?
-¿El que murió atropellado por un patinete eléctrico?
-El mismo. Pues este es Manuel. Manuel, Clara, Clara Manuel… Esta es mi mujer, Manuel.
-Encantado de conocerla, es usted toda una belleza.
-Usted no está tan mal para estar muerto, desde luego… En serio, ¿me puedes explicar de qué va todo esto, Jorge?
-Te lo estoy diciendo, Clara. Manuel está muerto, y me le he encontrado debajo del fregadero. Estaba provocando una avería porque tiene un acuerdo con una empresa de fontanería para llevarse una comisión por la reparación.
-Ya me olía algo yo con los fontaneros y las averías constantes… ¿Y se hace buen dinerito, Manuel?
-Muy buen dinerito, señora. Y además todo en negro, ni impuestos, ni horarios, ni etiqueta. Aquí me ven con mi chándal de poliéster, la mar de cómodo. Y se puede coger lo que se quiera de las casas, aunque yo solo cojo lo estrictamente necesario. ¡Ah! Lo que me recuerda que llevo aquí vuestro Ipod y vuestra agenda electrónica – los saca del bolsillo-. Pero no os preocupéis, que ya he visto que tenéis seguro a todo riesgo. Yo no soy de esos que se ceban con los pobres, no, yo solo robo a los que se dejan.
-Gracias, vuelvo a creer…
-¿Y se vive bien donde está usted ahora, señor Manuel? –preguntó Clara.
-Vivir, vivir, no se vive mucho, pero eso es lo bueno. Uno no tiene que preocuparse del mañana, si no tendrá para comer, si cogerá frío o si le atropellará un patinete eléctrico. Por lo demás es más o menos igual, solo que aún no ha llegado la televisión digital ni tenemos a la Esteban, por ahora. Pero vemos a Elvis en concierto día sí, día también; el chaval está hecho un fiera con sobrepeso, y Lady Di vive en la parcela de al lado con sus seis amantes, así que no nos aburrimos.
-Jorge, ¿estás pensando lo mismo que yo?
-¿Qué la famosa isla donde van los famosos que fingen su muerte no existe?
-Eso también, pero no… Yo estoy harta de trabajar en mi oficina, y de que todo lo que me gusta comer me provoque ardor de estómago, de pagar a fontaneros, de tener que fingir que los nuevos vecinos me caen bien, de tener que parir antes de que me haga vieja, de…
-Entiendo… ¡Y me alegro de oír eso! Yo también estoy harto de andar con precaución en la carretera, de los chequeos médicos, de mi jefe, de los informes de ventas de esta casa, de las responsabilidades y de vivir sin mi pequeño Lupus…
-¿Lupus? ¿Un caniche con trenzas? –interpuso Manuel.
-Si, ¿le conoces?
-¿Qué si le conozco? Vive a dos paradas de metro sub-subterráneo de mi casa, le adoptó una pareja encantadora… Los Urg, un poco brutos, porque murieron en el neolítico superior, pero gentes de gran corazón…
A la mañana siguiente, cuando los Álvarez de Buruaga pasaron por la casa de Clara y Jorge a darles las gracias, nadie respondió al timbre. Por la tarde, un tufillo extraño comenzó a salir por las rendijas de las ventanas, por lo que llamaron a la policía. Esa misma noche, a pesar de que había seis policías en la zona, les reventaron todas las tuberías del baño, y la playstation y el masajeador de pies desaparecieron misteriosamente.
Ante mis propias narices y para mi mayor sobresalto se encontraba Manuel, vecino mío en mis tiempos de soltero en el centro de Madrid. Y lo peor no era que un ex vecino mío apareciera un domingo pasada la medianoche en la cocina de mi casa… ¡lo peor es que Manuel había muerto hace dos años!
-¿Manuel?
-¿Jorge? ¡Hombre! ¿Cómo tú por aquí? ¡No pensaba que acabarías en una de estas casas acomodadas de las afueras! ¡Con lo que tú eras! ¿Qué ha sido de tu vida?
-Creo que más bien esa pregunta me correspondería hacerla a mí, ¿no te parece? ¿Qué estás haciendo aquí, con la cabeza debajo de mi fregadero? Pensé que habías muerto en un accidente hace dos años.
-Así es, pero en fin, ya sabes, uno tiene que adaptarse a los nuevos tiempos, este es mi nuevo trabajo…
-¿Adaptarse? ¿Tu nuevo trabajo? Pero estás muerto….
-Si, bueno, pero eso no significa que me mantengan el sueldo y que no tenga que ganarme mi dinerillo, uno tiene que mantener a la familia…
-¿Cómo? ¿Tú familia también ha muerto?
-¡Oh, no! ¡No, no, no! Me refiero a mi nueva familia, ya sabes, los del más allá…
Son mi nueva familia aunque ya están bastante maduros… Podridos, diría yo, ¡Ja ja ja!
-O sea, que tienes una nueva familia y un nuevo empleo en el otro mundo…
-Ya te digo que uno no puede quedarse estancado, hay que adaptarse y progresar…
-Pero antes eras médico y tenías una familia estupenda, y ahora te apareces a hurtadillas en las casas ajenas para meter la cabeza debajo del fregadero…
-Bueno, en mi estado la medicina no tiene demasiadas salidas, así que me tuve que buscar otra ocupación para salir adelante…
-¿Así que ahora te ganas la muerte en plan aparición fantasmagórica?
-Verás, tengo un acuerdo con una empresa de fontanería. Yo entro por las noches en las casas sin que nadie me vea, hago algún destrozo en la instalación y dejo una tarjeta de visita de la empresa en algún lugar donde sea fácil de encontrar. La gente llama a la empresa y yo me llevo una comisión. ¡Ah! Lo que me recuerda que acabo de cortarte el suministro de agua caliente… Pero no te preocupes: aquí tienes una tarjeta. Yo me encargo de que te hagan un descuento…
-Muy amable… creo… “Fontanerías La Parca. Hacemos un trabajo de muerte”. Muy ingenioso, si señor… En fin, cambiando de tema, ¿cómo es tu nueva mujer?
-Una maravilla, estoy encantado con ella. Nada que ver con la antigua. Esta es amable, cariñosa, y tiene una enorme alegría de morir… De hecho, estando en vida se suicidó. El mundanal ruido no estaba hecho para ella, demasiadas complicaciones y ataduras. Aquí ha encontrado el descanso y la paz que buscaba, y además recibe una paga extra del gobierno, por contribuir activa y voluntariamente al crecimiento demográfico… Y el dinero nos viene muy bien para mantener a la prole, la verdad…
-¿O sea, que también tenéis niños?
-No, niños no… Los niños están muy solicitados por allí, ¿sabes? Uno tiene que apuntarse en una lista de espera y los pequeños que van llegando se reparten por orden… Unos conocidos míos llevan esperando más de 300 años, así que por el momento habrá que echarle paciencia. Lo que si que abunda son los viejecitos, así que uno puede apadrinar a cuantos quiera. Yo, sin ir más lejos tengo cinco, a cada cual más mono…
En medio de la más insólita de las conversaciones, unos extraños ruidos se sintieron en la escalera, poniendo mi piel como la de un pollo con sarampión.
-¿No habrá venido alguien a hacerte la competencia, verdad? -dije.
-No creo, nos repartimos las casas con antelación, tampoco queremos abusar…
Me coloqué a un lado de la puerta con el paraguas alzado dispuesto a atacar al recién aparecido intruso, cuando vi un delicado pie atravesar el umbral.
-¿Clara? ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas dormida…
-¿Qué haces tú amenazándome con un paraguas? ¿Y quién es este señor?
-¿Te acuerdas de Manuel, mi antiguo vecino, el médico?
-¿El que murió atropellado por un patinete eléctrico?
-El mismo. Pues este es Manuel. Manuel, Clara, Clara Manuel… Esta es mi mujer, Manuel.
-Encantado de conocerla, es usted toda una belleza.
-Usted no está tan mal para estar muerto, desde luego… En serio, ¿me puedes explicar de qué va todo esto, Jorge?
-Te lo estoy diciendo, Clara. Manuel está muerto, y me le he encontrado debajo del fregadero. Estaba provocando una avería porque tiene un acuerdo con una empresa de fontanería para llevarse una comisión por la reparación.
-Ya me olía algo yo con los fontaneros y las averías constantes… ¿Y se hace buen dinerito, Manuel?
-Muy buen dinerito, señora. Y además todo en negro, ni impuestos, ni horarios, ni etiqueta. Aquí me ven con mi chándal de poliéster, la mar de cómodo. Y se puede coger lo que se quiera de las casas, aunque yo solo cojo lo estrictamente necesario. ¡Ah! Lo que me recuerda que llevo aquí vuestro Ipod y vuestra agenda electrónica – los saca del bolsillo-. Pero no os preocupéis, que ya he visto que tenéis seguro a todo riesgo. Yo no soy de esos que se ceban con los pobres, no, yo solo robo a los que se dejan.
-Gracias, vuelvo a creer…
-¿Y se vive bien donde está usted ahora, señor Manuel? –preguntó Clara.
-Vivir, vivir, no se vive mucho, pero eso es lo bueno. Uno no tiene que preocuparse del mañana, si no tendrá para comer, si cogerá frío o si le atropellará un patinete eléctrico. Por lo demás es más o menos igual, solo que aún no ha llegado la televisión digital ni tenemos a la Esteban, por ahora. Pero vemos a Elvis en concierto día sí, día también; el chaval está hecho un fiera con sobrepeso, y Lady Di vive en la parcela de al lado con sus seis amantes, así que no nos aburrimos.
-Jorge, ¿estás pensando lo mismo que yo?
-¿Qué la famosa isla donde van los famosos que fingen su muerte no existe?
-Eso también, pero no… Yo estoy harta de trabajar en mi oficina, y de que todo lo que me gusta comer me provoque ardor de estómago, de pagar a fontaneros, de tener que fingir que los nuevos vecinos me caen bien, de tener que parir antes de que me haga vieja, de…
-Entiendo… ¡Y me alegro de oír eso! Yo también estoy harto de andar con precaución en la carretera, de los chequeos médicos, de mi jefe, de los informes de ventas de esta casa, de las responsabilidades y de vivir sin mi pequeño Lupus…
-¿Lupus? ¿Un caniche con trenzas? –interpuso Manuel.
-Si, ¿le conoces?
-¿Qué si le conozco? Vive a dos paradas de metro sub-subterráneo de mi casa, le adoptó una pareja encantadora… Los Urg, un poco brutos, porque murieron en el neolítico superior, pero gentes de gran corazón…
A la mañana siguiente, cuando los Álvarez de Buruaga pasaron por la casa de Clara y Jorge a darles las gracias, nadie respondió al timbre. Por la tarde, un tufillo extraño comenzó a salir por las rendijas de las ventanas, por lo que llamaron a la policía. Esa misma noche, a pesar de que había seis policías en la zona, les reventaron todas las tuberías del baño, y la playstation y el masajeador de pies desaparecieron misteriosamente.
lunes, 31 de agosto de 2009
tragedia española
Andaba buscándole algún sentido a la vida, algún clavo al que agarrarme, un resquicio que me permitiera echar un vistazo al otro lado. Hacía un tiempo impreciso que la indeterminación del propósito de estar aquí y ahora me torturaba en todo momento y en todo lugar. Salí a dar un paseo para refrescar la mente, pero no pude sino seguir repitiendo las mismas preguntas en mi cabeza. Tan sumido iba en mis pensamientos que no me di cuenta hasta que mi zapato cayó, golpeando a un perro que pasaba en la cabeza y provocando que comenzara a ladrar, desencadenando el entusiasmo de todos los perros vecinos, que se pusieron a aullar a coro como una jauría en celo. Estaba volando. En unos segundos me encontraba a la altura del edificio junto al que antes iba caminando, el viento encontrándose con mi rostro y la ciudad mostrando la locura de su trazado a mis pies. La dueña del perro, una anciana señora con un gorro de flores en la cabeza, me hacía señales desde el suelo con el zapato en la mano mientras recogía al pequeño caniche del suelo, aparentemente más ofendida por haber lastimado a su pobre chiquitín que impresionada por el hecho de ver a un hombre volar. Pronto me alejé de todo aquel griterío, surcando las calles a decenas de metros de altura. Ahora podía ver el parque donde suelo bajar a correr por las tardes. Vi a Marlo, mi compañero de piso y de fatigas, que estaba allí haciendo unas vueltas, aunque ambos habíamos prometido hacer deporte siempre juntos, para animarnos mutuamente y forjarnos una figura escultural de manera sincronizada. Era un trato para que ninguno de los dos se quedara atrás en nuestro camino hacia la búsqueda de nuevas y correlativas compañeras de piso, pues a nuestros 35 años seguíamos sin saber qué es eso de dividir techo y lecho con alguien del bello sexo. Pero parece que Marlo se lo estaba tomando más en serio que yo. ¡El muy tramposo…! Estaba pensando en escupir sobre su cocorota, cuando, al fijar la vista en el blanco vi que este era precisamente de ese color. Una incipiente calva me saludaba blanca y radiante desde su coronilla. Claramente, él necesitaba un cuerpo atlético más rápidamente que yo, así que no se lo tendría en cuenta. Además, qué demonios… ¡estaba volando! Mejor sería ocupar mis pensamientos con esta nueva y sorprendente situación. Vi pasar mi casa, mi lugar de trabajo, mi bar favorito, mi antiguo colegio, su casa. Pronto las personas dejaron de tener forma humana para pasar a ser pequeñas hormiguitas moviéndose bulliciosas entre el enmarañado urbanismo de la gran ciudad. El centro, laberíntico y sinuoso se expandía en círculos concéntricos, cada vez más regulares, organizados, y desérticos. Al final, la ciudad no era sino una mancha entre la maleza, y después las nubes lo cubrieron todo. Surcaba los cielos por encima de las nubes, que huelen a limpio, y a fresco, y a claro. Por encima de mí el cielo a abierto me mostraba el más turquesa de los azules, y el aire frío se colaba por todas las rendijas de mi ropa, poniéndome la carne de gallina. Rápidamente las nubes quedaron lejos de mí, y cuando quise volver a mirar ya no había nada. La tierra y el aire, la luz y el espacio, todo no era ya sino todo y lo mismo. Flotaba, sí, pero también podía andar. Además nadar era posible, como si andar y nadar fuesen solo una transposición de letras. Ondulando y buceando, sentado y estirado, para dentro y para afuera, saltaba hacía lo lejos y permanecía en el mismo sitio. Libre de límites ante mi vista, estaba encerrado en aquel lugar sin sitio. Abierto hacía el infinito, navegando sobre una luz que no reflejaba ningún color. ¿Dónde estaba? ¿Qué sería ahora de mí? ¿Y después? ¿Y siempre? El miedo se asentó en mi pecho como un alivio, y la alegría afloró como nostalgia, y olvido, y pasión. De repente, sin que pueda explicar muy bien cómo, ante mí y por detrás también, se encontraban tres hombres que me sonreían con dureza. Uno de ellos, calvo y plácido, yacía flotando con sus piernas entrecruzadas. Su mirada reflejaba paz y armonía, brillaba como jamás otros ojos vi brillar, como si estuvieran hechos de otra pasta. Sin duda, había visto a este hombre representado toscamente una y mil veces. Era Buda. El segundo de aquellos hombres llevaba un traje a la manera del s. XIX. Una cadena colgaba del bolsillo de su pantalón, y al observar él hacia dónde se fijaba mi atención, tiró de ella y un pequeño reloj saltó de su bolsillo amarrado al extremo de la cadena. El hombre lo miró asombrado, y con una expresión divertida en su rostro mientras se frotaba las barbas me lo mostró: las manillas del reloj estaba quietas, y cada vez que uno las miraba mostraban una hora diferente. La cara de este sujeto me era también familiar, pues recordaba haberla visto en fotos de cubiertas de libros y en ilustraciones de revistas. Era Sigmund Freud. En último lugar, aunque ocupando ahora el primero, un hombre moreno y menudo me dirigió una penetrante mirada que pareció atravesar todo mi ser. Vestía de modo casual, sin ambages, siguiendo la moda europea de los años 50. Se frotó la cara con la mano, y al levantarla ésta apareció cubierta de un intenso color azul, que se desintegró en el vació al separarse nuevamente su mano de su rostro. También conocía a este hombre, pues había estudiado historia del arte y conocía a muchos artistas por su aspecto físico. Era Yves Klein.
-¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? ¿Por qué estáis vosotros aquí?
-Tú no estás aquí, pues ya no hay aquí, ni estar, ni tú, dijo el artista.
-Pero sigo siendo, y vosotros sois, aunque estáis muertos. Y estoy aquí, porque he venido. He volado, y he llegado, aquí, donde vosotros sois también. ¿He muerto acaso? ¿Es esto el otro mundo?
-Aún no has muerto, hermano mío. Tampoco nosotros hemos muerto, pues como tu bien has dicho aquí somos. Era Freud quien hablaba. -Piensa, reflexiona. Busca en ti. Solo tú has de saber por qué te suceden las cosas que te suceden, y por qué no te suceden las cosas que no te suceden. Solo tú puedes contestar las preguntas que tú te planteas.
-Estaba buscando esas respuestas, y de pronto estoy aquí. No se cómo he llegado aquí, ni se dónde estoy, ni por qué vosotros estáis aquí conmigo.
-Y Quizá no estemos contigo, sino más bien en ti. Recapacitando, gracias a la guía del psicoanálisis podrás hallar lo que buscas. Para nosotros, existen una serie de símbolos que tu subconsciente emite en determinadas ocasiones y por determinadas causas. Esos símbolos tienen una lectura que trasciende su forma, y que nos sirve para interpretar el origen de tu estado. Una vez que llegas a saber esto, las respuestas se encadenan. Como tú mismo bien sabes, llegaste hasta aquí volando, lo que no es sino un símbolo de tu actividad sexual. Tus fuerzas, tus impulsos, tus pulsiones internas te han transportado a tu inconsciente, donde todo lo que tu eres reside, sin tapujos y sin secretos. Todo está aquí, donde nada hay, y solo de ti depende encontrar la fuente de tu actual circunstancia. Tus deseos de animal no están satisfechos, y tu interior lucha por liberar lo reprimido.
-Pero yo no estoy insatisfecho. Es bien cierto que no tengo a nadie con quien compartir mi vida exclusivamente, pero tengo a mis amigos, y a mi familia, que me quieren y acompañan. Además, también satisfago mis impulsos con frecuencia. No, no quiero pensar que soy solo animal, que lo soy. Y no quiero pensar que mis impulsos dominan mi carácter, aunque lo hagan. Porque se que yo soy más, algo más y mejor.
-Claro que no, no eres solo animal, amigo mío, interpuso Klein.
-Entonces, ¿qué está sucediendo?
-Cavila, imagina. Entiende al hombre. Porque tú eres hombre, y no solo animal. Y lo que distingue al hombre del animal es el arte. El arte eleva al hombre, lo ensalza mucho más allá de lo físico y lo mortal, lo encumbra en lo más alto del espíritu humano, en donde permanece más allá del espacio y el tiempo. Es lo sublime, lo sublime hecho forma, hecho un objeto para ser absorbido por los sentidos. El arte participa de lo sublime, y lo sublime reside aquí. Es tu responsabilidad ahora ser la pantalla que lo filtre y lo haga sensible, comprensible. Agárralo, siéntelo, dalo forma y transmítelo. Es tu responsabilidad hallarlo aquí.
-Yo siempre he amado el arte, lo he sentido en cada célula de mi cuerpo. Lo he saboreado, tocado y olido. Cada poro de mi cuerpo se ha visto revestido de su aura, y por su infinita belleza y profundidad he caído en el abismo de su ser. Pero yo no soy artista. Puedo entender el arte, pero no puedo hacer arte. Es algo que siempre me ha hecho sentirme triste, pero he llegado a hacer las paces con ello.
-Por supuesto que no, tú no eres un artista, hijo mío. Era esta la voz de Buda.
-Pero, ¿por qué me ocurre esto?
-Querido hijo de la tierra, tú cuerpo ya no se encuentra allí. Has alcanzado una condición en la que ninguno de los límites de espacio, tiempo o materia pueden constreñir tu ser. Tu cuerpo animal no es necesario aquí, y los estímulos sensibles no son sino adornos superfluos que no tienen cabida en donde ahora te encuentras. Ya no hay ríos ni montañas que te corten el paso, ya no hay horas ni minutos, ni caminos que recorrer, ni fases que atravesar. Tu alma está ahora libre de todo sujeto, y ya no hay sufrimiento para ti. Todo lo que tuviste que atravesar para llegar aquí, está ahora fuera de ti y fuera de aquí. Lo que fuiste siempre y siempre serás, una parte de la hermosa totalidad, está ahora suelto de toda cadena. Ahora eres pensamiento puro, eres acto puro, eres ser, y no eres nada.
-¿Cómo es esto posible? Yo no soy un asceta. Mi naturaleza me impulsa a buscar, investigar y explorar continuamente sobre los misterios de la vida y el universo, pero no he llegado a creer en nada firmemente. No medito ni admito la reencarnación. Tampoco nunca me esforcé por estar aquí. ¿Cómo ha podido sucederme esto a mí, cuando hay personas que dedican su vida a ello sin fruto? Todos vosotros me habláis de cosas que yo aquí no puedo ver. No encuentro mis miedos aquí, así como tampoco encuentro la inspiración, ni la paz del alma. No siento nada de eso, ninguno de los conceptos de los que me habláis me es visible.
Mis tres anfitriones se miraron desconcertados. Freud sacó de nuevo su reloj del bolsillo y lo miró inquietamente, como si tuviera prisa en aquel lugar. Klein parecía enfadado y se rascaba la oreja, creando una cascada de azul que caía por debajo del lóbulo, y la expresión de Buda pasó de plácida y sonriente a turbada y confusa. Freud tomó la palabra en primer lugar.
-Yo creí que podría ayudarte, como he ayudado a tantos otros a encontrar la raíz de sus trastornos. Pensé que indagando en tu interior podría hacer aflorar tus miedos y tus traumas, y gracias a ellos liberarte de su lastre y convertirte en un nuevo hombre con un nuevo potencial. Sentía que podía hacerlo, pero no eres tú una de esas personas.
-También yo vi en ti a alguien objeto de mi favor -declaró Klein-, pero admito también mi error. Un artista nunca mostraría tal actitud, pues el verdadero artista es tal y no otra cosa. El artista encuentra su medio pues así lo quiere, y roza lo sublime con sus propias manos porque así lo puede. No, no eres tú uno de esos hombres.
-Igualmente he de admitir yo el fallo de mi juicio, pues tú no eres aquel que se ha liberado de su lastre temporal. Tu extinción debe de ser, pues, de carácter definitivo, pues no has podido alcanzar tal estado que te alce al vacío. No eres tú tampoco uno de esos hombres.
-Entonces, ¿qué hombre soy yo?
No acababa de pronunciar la última palabra cuando, de pronto, choqué contra algo. Al levantar la vista ella estaba allí. Bella y divertida me miraba con sus grandes ojos rasgados.
-¿Estas bien? Parece que ibas distraído.
No os contaré más detalles, pues pertenecen a mi universo privado. Solo os diré que ella es la mujer que andaba buscando para compartir techo y lecho, y que así fue como llegué a conocerla.
Pensareis entonces que ya se que tipo de hombre soy yo, ese hombre que nace, crece, se reproduce y muere, como las cucarachas. Puede ser que sea así. Por si acaso, yo seguiré pensando en ello, en qué hombre soy, en qué son los hombres y en qué es ser. Quizá nunca llegue a saberlo con certeza antes de sumirme en el abismo, pero el hecho de intentarlo ya merecerá la pena por si solo.
-¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? ¿Por qué estáis vosotros aquí?
-Tú no estás aquí, pues ya no hay aquí, ni estar, ni tú, dijo el artista.
-Pero sigo siendo, y vosotros sois, aunque estáis muertos. Y estoy aquí, porque he venido. He volado, y he llegado, aquí, donde vosotros sois también. ¿He muerto acaso? ¿Es esto el otro mundo?
-Aún no has muerto, hermano mío. Tampoco nosotros hemos muerto, pues como tu bien has dicho aquí somos. Era Freud quien hablaba. -Piensa, reflexiona. Busca en ti. Solo tú has de saber por qué te suceden las cosas que te suceden, y por qué no te suceden las cosas que no te suceden. Solo tú puedes contestar las preguntas que tú te planteas.
-Estaba buscando esas respuestas, y de pronto estoy aquí. No se cómo he llegado aquí, ni se dónde estoy, ni por qué vosotros estáis aquí conmigo.
-Y Quizá no estemos contigo, sino más bien en ti. Recapacitando, gracias a la guía del psicoanálisis podrás hallar lo que buscas. Para nosotros, existen una serie de símbolos que tu subconsciente emite en determinadas ocasiones y por determinadas causas. Esos símbolos tienen una lectura que trasciende su forma, y que nos sirve para interpretar el origen de tu estado. Una vez que llegas a saber esto, las respuestas se encadenan. Como tú mismo bien sabes, llegaste hasta aquí volando, lo que no es sino un símbolo de tu actividad sexual. Tus fuerzas, tus impulsos, tus pulsiones internas te han transportado a tu inconsciente, donde todo lo que tu eres reside, sin tapujos y sin secretos. Todo está aquí, donde nada hay, y solo de ti depende encontrar la fuente de tu actual circunstancia. Tus deseos de animal no están satisfechos, y tu interior lucha por liberar lo reprimido.
-Pero yo no estoy insatisfecho. Es bien cierto que no tengo a nadie con quien compartir mi vida exclusivamente, pero tengo a mis amigos, y a mi familia, que me quieren y acompañan. Además, también satisfago mis impulsos con frecuencia. No, no quiero pensar que soy solo animal, que lo soy. Y no quiero pensar que mis impulsos dominan mi carácter, aunque lo hagan. Porque se que yo soy más, algo más y mejor.
-Claro que no, no eres solo animal, amigo mío, interpuso Klein.
-Entonces, ¿qué está sucediendo?
-Cavila, imagina. Entiende al hombre. Porque tú eres hombre, y no solo animal. Y lo que distingue al hombre del animal es el arte. El arte eleva al hombre, lo ensalza mucho más allá de lo físico y lo mortal, lo encumbra en lo más alto del espíritu humano, en donde permanece más allá del espacio y el tiempo. Es lo sublime, lo sublime hecho forma, hecho un objeto para ser absorbido por los sentidos. El arte participa de lo sublime, y lo sublime reside aquí. Es tu responsabilidad ahora ser la pantalla que lo filtre y lo haga sensible, comprensible. Agárralo, siéntelo, dalo forma y transmítelo. Es tu responsabilidad hallarlo aquí.
-Yo siempre he amado el arte, lo he sentido en cada célula de mi cuerpo. Lo he saboreado, tocado y olido. Cada poro de mi cuerpo se ha visto revestido de su aura, y por su infinita belleza y profundidad he caído en el abismo de su ser. Pero yo no soy artista. Puedo entender el arte, pero no puedo hacer arte. Es algo que siempre me ha hecho sentirme triste, pero he llegado a hacer las paces con ello.
-Por supuesto que no, tú no eres un artista, hijo mío. Era esta la voz de Buda.
-Pero, ¿por qué me ocurre esto?
-Querido hijo de la tierra, tú cuerpo ya no se encuentra allí. Has alcanzado una condición en la que ninguno de los límites de espacio, tiempo o materia pueden constreñir tu ser. Tu cuerpo animal no es necesario aquí, y los estímulos sensibles no son sino adornos superfluos que no tienen cabida en donde ahora te encuentras. Ya no hay ríos ni montañas que te corten el paso, ya no hay horas ni minutos, ni caminos que recorrer, ni fases que atravesar. Tu alma está ahora libre de todo sujeto, y ya no hay sufrimiento para ti. Todo lo que tuviste que atravesar para llegar aquí, está ahora fuera de ti y fuera de aquí. Lo que fuiste siempre y siempre serás, una parte de la hermosa totalidad, está ahora suelto de toda cadena. Ahora eres pensamiento puro, eres acto puro, eres ser, y no eres nada.
-¿Cómo es esto posible? Yo no soy un asceta. Mi naturaleza me impulsa a buscar, investigar y explorar continuamente sobre los misterios de la vida y el universo, pero no he llegado a creer en nada firmemente. No medito ni admito la reencarnación. Tampoco nunca me esforcé por estar aquí. ¿Cómo ha podido sucederme esto a mí, cuando hay personas que dedican su vida a ello sin fruto? Todos vosotros me habláis de cosas que yo aquí no puedo ver. No encuentro mis miedos aquí, así como tampoco encuentro la inspiración, ni la paz del alma. No siento nada de eso, ninguno de los conceptos de los que me habláis me es visible.
Mis tres anfitriones se miraron desconcertados. Freud sacó de nuevo su reloj del bolsillo y lo miró inquietamente, como si tuviera prisa en aquel lugar. Klein parecía enfadado y se rascaba la oreja, creando una cascada de azul que caía por debajo del lóbulo, y la expresión de Buda pasó de plácida y sonriente a turbada y confusa. Freud tomó la palabra en primer lugar.
-Yo creí que podría ayudarte, como he ayudado a tantos otros a encontrar la raíz de sus trastornos. Pensé que indagando en tu interior podría hacer aflorar tus miedos y tus traumas, y gracias a ellos liberarte de su lastre y convertirte en un nuevo hombre con un nuevo potencial. Sentía que podía hacerlo, pero no eres tú una de esas personas.
-También yo vi en ti a alguien objeto de mi favor -declaró Klein-, pero admito también mi error. Un artista nunca mostraría tal actitud, pues el verdadero artista es tal y no otra cosa. El artista encuentra su medio pues así lo quiere, y roza lo sublime con sus propias manos porque así lo puede. No, no eres tú uno de esos hombres.
-Igualmente he de admitir yo el fallo de mi juicio, pues tú no eres aquel que se ha liberado de su lastre temporal. Tu extinción debe de ser, pues, de carácter definitivo, pues no has podido alcanzar tal estado que te alce al vacío. No eres tú tampoco uno de esos hombres.
-Entonces, ¿qué hombre soy yo?
No acababa de pronunciar la última palabra cuando, de pronto, choqué contra algo. Al levantar la vista ella estaba allí. Bella y divertida me miraba con sus grandes ojos rasgados.
-¿Estas bien? Parece que ibas distraído.
No os contaré más detalles, pues pertenecen a mi universo privado. Solo os diré que ella es la mujer que andaba buscando para compartir techo y lecho, y que así fue como llegué a conocerla.
Pensareis entonces que ya se que tipo de hombre soy yo, ese hombre que nace, crece, se reproduce y muere, como las cucarachas. Puede ser que sea así. Por si acaso, yo seguiré pensando en ello, en qué hombre soy, en qué son los hombres y en qué es ser. Quizá nunca llegue a saberlo con certeza antes de sumirme en el abismo, pero el hecho de intentarlo ya merecerá la pena por si solo.
martes, 25 de agosto de 2009
Y yo con estos pelos
¡Empuja! Con delicadeza y fuerza, con miedo y esperanza.
Se hace la luz. Un primer esfuerzo y surge la letra en el papel en blanco.
¡Tira! Mirando siempre hacia delante, con energía, sin temer la siguiente línea.
Comienza el camino, apenas nada hay esbozado.
¡Disfruta! La historia promete ser bella, y yo soy su guionista.
Las palabras, dulces, regalan mis oídos, comparten sus caricias.
¡Detente! Reflexiona. Se aleja la primera línea y aún no tienes la trama.
¿Qué sucederá ahora? Brota la primera pregunta.
¡Apura! El espacio se reduce, y el tiempo se dispara.
Satisfecho o no, la conformidad se implanta.
¡Renuncia! La inspiración vuela, la voz se apaga.
Es el fin, la última palabra está dicha.
Se hace la luz. Un primer esfuerzo y surge la letra en el papel en blanco.
¡Tira! Mirando siempre hacia delante, con energía, sin temer la siguiente línea.
Comienza el camino, apenas nada hay esbozado.
¡Disfruta! La historia promete ser bella, y yo soy su guionista.
Las palabras, dulces, regalan mis oídos, comparten sus caricias.
¡Detente! Reflexiona. Se aleja la primera línea y aún no tienes la trama.
¿Qué sucederá ahora? Brota la primera pregunta.
¡Apura! El espacio se reduce, y el tiempo se dispara.
Satisfecho o no, la conformidad se implanta.
¡Renuncia! La inspiración vuela, la voz se apaga.
Es el fin, la última palabra está dicha.
lunes, 24 de agosto de 2009
Del dicho al hecho
Del dicho al hecho va un trecho, a ver quién no sabe eso. Pero, si esa distancia se acortara, ¿qué pasaría?
Empezando de cero, caeríamos en el más profundo de los agujeros negros, y como a la ocasión la pintan calva, la pobrecilla saldría bastante desfavorecida. Con el corazón en la mano no duraríamos mucho, aunque como a lo hecho, pecho, nos lo tendríamos que coser y hacer de tripas corazón. No moriríamos, pero toda la vida estaríamos a dieta intravenosa.
Esto no lo digo yo, pues está en boca de todos. Eso sí, debe estar bastante relamido, así que no es de extrañar que al que le llegue al final lance el último grito.
Yo por no limpiarme soy bastante roñosa, y de ahí que no le dé ni un palo al agua, porque estará sucio, sí, pero es el palo de mi gallinero. El gallinero no está en el pajar, que lo tengo lleno de agujas finas, y cuando rara vez las encuentro, las aprovecho para sacarme las espinas, aunque no siempre pase por un jardín de rosas. No, el gallinero lo tengo en la azotea, porque de tener siempre la cabeza en las nubes al final se me ha llenado de pájaros. Aunque no me costará ni un huevo, al final seguro que tengo que pagar el pato.
Y es que no todo es fácil en la jungla, donde impera la ley del más fuerte. Eso no pasa aquí, claro, sino en California, donde gobierna Schwarzenegger. Nosotros, con un Zapatero remendón, que por su oficio lleva el Don delante de José Luis, apañamos el asunto.
Y que nos den morcilla, aunque nos la den de comer aparte y con pan duro, que con el hambre y las ganas de comer hacen una buena pareja de tres.
Empezando de cero, caeríamos en el más profundo de los agujeros negros, y como a la ocasión la pintan calva, la pobrecilla saldría bastante desfavorecida. Con el corazón en la mano no duraríamos mucho, aunque como a lo hecho, pecho, nos lo tendríamos que coser y hacer de tripas corazón. No moriríamos, pero toda la vida estaríamos a dieta intravenosa.
Esto no lo digo yo, pues está en boca de todos. Eso sí, debe estar bastante relamido, así que no es de extrañar que al que le llegue al final lance el último grito.
Yo por no limpiarme soy bastante roñosa, y de ahí que no le dé ni un palo al agua, porque estará sucio, sí, pero es el palo de mi gallinero. El gallinero no está en el pajar, que lo tengo lleno de agujas finas, y cuando rara vez las encuentro, las aprovecho para sacarme las espinas, aunque no siempre pase por un jardín de rosas. No, el gallinero lo tengo en la azotea, porque de tener siempre la cabeza en las nubes al final se me ha llenado de pájaros. Aunque no me costará ni un huevo, al final seguro que tengo que pagar el pato.
Y es que no todo es fácil en la jungla, donde impera la ley del más fuerte. Eso no pasa aquí, claro, sino en California, donde gobierna Schwarzenegger. Nosotros, con un Zapatero remendón, que por su oficio lleva el Don delante de José Luis, apañamos el asunto.
Y que nos den morcilla, aunque nos la den de comer aparte y con pan duro, que con el hambre y las ganas de comer hacen una buena pareja de tres.
sábado, 22 de agosto de 2009
¡Uh! ¡Ah! Las chicas son graciosas
Hay muchas cosas que se asumen de una chica por el hecho de serlo, y una de ellas es que no puede ser graciosa. Y si eres graciosa es porque tus pechos dejaron de crecer a una edad anormal y probablemente ostentas un incipiente bigotillo… Si no, sea lo que sea lo que estés diciendo no puede tener gracia. Sería raro y desconcertante, antinatural, como una vaca haciendo encaje de bolillos.
Es verdad, es cierto, la gente no asume que se pueda ser una chica, parecer una chica, y ser graciosa. Al final, lo de ser graciosa se convierte en una dolorosa verdad que hay que esconder por miedo a lo que pueda pensar la gente… Demasiadas hormonas masculinas, es un hombre encerrado en el cuerpo de una mujer, sin duda alguna es lesbiana… O no, mejor, le copiará las ideas a algún tío… Si, si, seguro que se lo copia a algún tío…
¡Pues no! Se me ocurren cosas a mí solita… ¡Hacedme hueco en el circo junto a la vaca costurera, que nos vamos de gira por todos los pueblos de España!
El peor rato se pasa cuando llega el momento de plantarle cara a la situación y confesar tu condición. Es peor que confesar que eres gay, porque la gente no tiene constancia de precedentes de mujeres graciosas en la historia, con lo que hay que andarse con mucho tacto, ya que no quieres herir las sensibilidades más susceptibles…
Primero se lo dices a tus amigos: chicos, sentaros, tengo algo que confesaros… A ver, como puedo empezar… Por ejemplo, tú, Javi, ¿te acuerdas del otro día, de ese chiste que se te ocurrió cuando veíamos el partido del Madrid? Javi se ríe para sí mismo…
-Muahaha… Sí, que salao soy… ¿Cómo llama Kaká a su padre?... Popó…Oye, pero, ¿y tú como sabes que yo pensé en ese chiste? ¿Es que eres una bruja? (Claro, bruja sí es una posibilidad. Graciosa, no).
-No Javi, no, guapo… Es que resulta que esa voz que oías en tu cabeza no era la voz de tu conciencia…esa era yo, haciendo el chiste…
-No, no, no… no puede ser, si la voz que oí en mi cabeza era muy masculina…
-Ya, Javi, ya, guapo… ¡esa era yo! (esto lo dices gritando con voz de chico, que es la única que le hace efecto).
-Pe… pe… pero…me dejas de una pieza, de verdad… Y… ¿entonces eres tú también esa voz que me obliga a levantarme, y a vestirme, y a cambiarme de calzoncillos al menos una vez cada tres días? ¡Bruja!
-No Javi, no, bonito… Esa es tu mamá, corazón…
(Este sería sin duda otro objeto de reflexión: Las mujeres, esas voces que los hombres oyen en sus cabezas).
¿Y cuando se lo dices a tus padres? Es muy duro, también… Primero, dejas caer un par de chistes a la hora de la comida para calentar el terreno. Nada sofisticado, claro está, porque entonces no sería comprendido y perdería totalmente el efecto deseado… Lo mejor es algo light, fácilmente digerible, en plan “este cocido merece un “aluvión” de elogios” o “esto no es solo un “mero” pescado”… y cuando os sentáis a los postres sueltas la bomba:
-Papá, mamá, tengo algo que deciros… Esto… no se cómo empezar… bueno, no hay modo fácil de soltar esto: mamá, papá… soy graciosa.
-¿Cómo? ¿Que eres qué?
-Graciosa, mamá, soy graciosa.
Aunque, evidentemente, eso no parece tener ninguna gracia para ellos.
-¡Ay, dios mío!, ¡qué desgracia!… yo pensaba que eras rarita… rarita, si, pero, ¿graciosa? Qué disgusto madre mía, qué disgusto. ¿De dónde te lo habrás sacado?
(Claramente, de ti no…)
Y tu padre, que empieza:
-Y ahora, ¿qué vamos a hacer? La metemos a un convento, que la reeduquen. ¿Pero que te hemos hecho para que nos trates así? Toda la vida en los mejores colegios, de monjas, por cierto, profesores particulares, clases de piano… y nos sale graciosa…. Y así, ¿quién se va a casar contigo, hija mía? ¿Quién? Esto es una desgracia, una desgracia y una humillación, hija mía. Si es que lo eres, claro…
Y tu mamá:
-Bueno, pero te queremos igualmente, hay que apechugar con lo que nos toque, y un hijo es un hijo…Pero… ¿Por qué? ¿Por qué graciosa, por qué? ¿Por quéeeeeeee?
El drama no ha hecho más que empezar, pero por fin has salido del armario. Ya solo te queda superar los hitos alcanzados por Paz Padilla y el número 1 en Google de las mujeres graciosas: mujeres-graciosas-enseñan-las-tetas-por-la-ventana. El listón está alto.
Es verdad, es cierto, la gente no asume que se pueda ser una chica, parecer una chica, y ser graciosa. Al final, lo de ser graciosa se convierte en una dolorosa verdad que hay que esconder por miedo a lo que pueda pensar la gente… Demasiadas hormonas masculinas, es un hombre encerrado en el cuerpo de una mujer, sin duda alguna es lesbiana… O no, mejor, le copiará las ideas a algún tío… Si, si, seguro que se lo copia a algún tío…
¡Pues no! Se me ocurren cosas a mí solita… ¡Hacedme hueco en el circo junto a la vaca costurera, que nos vamos de gira por todos los pueblos de España!
El peor rato se pasa cuando llega el momento de plantarle cara a la situación y confesar tu condición. Es peor que confesar que eres gay, porque la gente no tiene constancia de precedentes de mujeres graciosas en la historia, con lo que hay que andarse con mucho tacto, ya que no quieres herir las sensibilidades más susceptibles…
Primero se lo dices a tus amigos: chicos, sentaros, tengo algo que confesaros… A ver, como puedo empezar… Por ejemplo, tú, Javi, ¿te acuerdas del otro día, de ese chiste que se te ocurrió cuando veíamos el partido del Madrid? Javi se ríe para sí mismo…
-Muahaha… Sí, que salao soy… ¿Cómo llama Kaká a su padre?... Popó…Oye, pero, ¿y tú como sabes que yo pensé en ese chiste? ¿Es que eres una bruja? (Claro, bruja sí es una posibilidad. Graciosa, no).
-No Javi, no, guapo… Es que resulta que esa voz que oías en tu cabeza no era la voz de tu conciencia…esa era yo, haciendo el chiste…
-No, no, no… no puede ser, si la voz que oí en mi cabeza era muy masculina…
-Ya, Javi, ya, guapo… ¡esa era yo! (esto lo dices gritando con voz de chico, que es la única que le hace efecto).
-Pe… pe… pero…me dejas de una pieza, de verdad… Y… ¿entonces eres tú también esa voz que me obliga a levantarme, y a vestirme, y a cambiarme de calzoncillos al menos una vez cada tres días? ¡Bruja!
-No Javi, no, bonito… Esa es tu mamá, corazón…
(Este sería sin duda otro objeto de reflexión: Las mujeres, esas voces que los hombres oyen en sus cabezas).
¿Y cuando se lo dices a tus padres? Es muy duro, también… Primero, dejas caer un par de chistes a la hora de la comida para calentar el terreno. Nada sofisticado, claro está, porque entonces no sería comprendido y perdería totalmente el efecto deseado… Lo mejor es algo light, fácilmente digerible, en plan “este cocido merece un “aluvión” de elogios” o “esto no es solo un “mero” pescado”… y cuando os sentáis a los postres sueltas la bomba:
-Papá, mamá, tengo algo que deciros… Esto… no se cómo empezar… bueno, no hay modo fácil de soltar esto: mamá, papá… soy graciosa.
-¿Cómo? ¿Que eres qué?
-Graciosa, mamá, soy graciosa.
Aunque, evidentemente, eso no parece tener ninguna gracia para ellos.
-¡Ay, dios mío!, ¡qué desgracia!… yo pensaba que eras rarita… rarita, si, pero, ¿graciosa? Qué disgusto madre mía, qué disgusto. ¿De dónde te lo habrás sacado?
(Claramente, de ti no…)
Y tu padre, que empieza:
-Y ahora, ¿qué vamos a hacer? La metemos a un convento, que la reeduquen. ¿Pero que te hemos hecho para que nos trates así? Toda la vida en los mejores colegios, de monjas, por cierto, profesores particulares, clases de piano… y nos sale graciosa…. Y así, ¿quién se va a casar contigo, hija mía? ¿Quién? Esto es una desgracia, una desgracia y una humillación, hija mía. Si es que lo eres, claro…
Y tu mamá:
-Bueno, pero te queremos igualmente, hay que apechugar con lo que nos toque, y un hijo es un hijo…Pero… ¿Por qué? ¿Por qué graciosa, por qué? ¿Por quéeeeeeee?
El drama no ha hecho más que empezar, pero por fin has salido del armario. Ya solo te queda superar los hitos alcanzados por Paz Padilla y el número 1 en Google de las mujeres graciosas: mujeres-graciosas-enseñan-las-tetas-por-la-ventana. El listón está alto.
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